Opinión

Realmente enamorados

Por Néstor Estévez

“Quien no sabe de amor, que aprenda un poco para que no se muera sin vivir”.

Así dice una de las canciones más hermosas, si no la más, que conozco. Me encantaría referirme a su autor y a la cantantaza que más la ha dado a conocer. Pero podrá ser en otra ocasión.

Ahora estoy prefiriendo el riesgo de adentrarme en un tema que, iniciando sencillo, hemos vuelto muy complejo: el amor. ¿Quién sabe amar?

Muchos estudiosos refieren la incidencia de algunos estímulos en la etapa de gestación. De ahí que temas como el hecho de que se trate de embarazo realmente deseado, así como el uso de cierta música y hasta mimos en la panza sean considerados determinantes para la calidad de ese futuro ser humano.

Otros estudiosos se concentran en indicar etapas en las que tenemos oportunidad para avanzar, con el consecuente desarrollo de capacidades. Es así como se logra diferenciar entre hacer lo que quiero o respetar las reglas, luego se aprende a establecer claridad entre administrar o dejar pasar, y más adelante logramos tanto explotar fortalezas como reconocer debilidades y encaminarnos a superarlas.

Todo esto se inscribe en ese innegable sentido gregario que caracteriza a los seres humanos. De ahí la idea de la inexistencia del ser humano presocial. Es la sociabilidad que nos humaniza y nos ayuda a mantenernos como tales. Por ello Dewey nos recuerda que “la comunicación es soporte de la sociedad”. Creo que no hace falta explicar la relación entre el soporte y lo soportado.

En estos procesos hay ciertos peligros. Un escritor uruguayo que vivió hasta finales del siglo pasado, Juan Carlos Onetti, dice: “Cada uno acepta lo que va descubriendo de sí mismo en las miradas de los demás, se va formando en la convivencia, se confunde con el que suponen los otros y actúa de acuerdo con lo que se espera de ese supuesto inexistente”.

En todo esto he pensado a propósito de otro aniversario de la gesta de Constanza, Maimón y Estero Hondo, de junio de 1959.

He pensado en Mayobanex Vargas y en su “delito”: aspirar al amor de una muchacha a la que Petán, como a muchísimas, había visto primero. He pensado en Pablito Mirabal, cubano con solo catorce años, edad en la que, con adecuado desarrollo, se ha podido demostrar incipiente capacidad para autogestionarse, pero todavía lejos de evaluar objetivamente las circunstancias, dispuesto –de dicho y hecho- a inmolarse por la libertad de la República Dominicana.

He pensado en la diversidad de nacionalidades de los expedicionarios. Es cierto que mucha gente solo entendió y actuó cuando el régimen de oprobio la maltrató directamente. Pero también es cierto que muchos, principalmente los integrantes de ese grupo, actuaron movidos por amor.

De 196 involucrados en la acción armada del Movimiento de Liberación Dominicana, solo 150 eran dominicanos procedentes del exilio. Casi el veinticinco por ciento del grupo estuvo integrado por 22 cubanos, 13 venezolanos, 5 puertorriqueños, 2 estadounidenses, 2 españoles y 1 guatemalteco.

Como ha de deducirse, ¿qué podrían tener de manera personal esos jóvenes idealistas contra el dictador? Incluso, entre los mismos dominicanos del exilio, los hubo con carreras brillantes en diversos países. Pero, ellos, se adelantaron al Subcomandante Marcos con aquello de que “La libertad es como la mañana. Hay quienes esperan dormidos a que llegue, pero hay quienes desvelan y caminan la noche para alcanzarla”.

Con mucha razón se ha dicho que, aunque fueron masacrados militarmente, su invaluable sacrificio dio como resultado esa llama que unos meses después hizo posible el final de la dictadura.

Como es evidente, treinta y un años fueron aprovechados para modelar las mentes y las actuaciones de varias generaciones. Por eso muchos se preguntan ¿vivimos un trujillato sin Trujillo?

Las respuestas podrían estar en las actitudes de quienes se aferran a los cargos públicos, de quienes creen tener siempre la razón, negando la más mínima posibilidad a alguien más. Las respuestas podrían estar en las actitudes de quienes, en nombre de la “democracia”, viven de los “amarres” para siempre salirse con la suya.

Sencillamente, las evidencias nos conducen a concluir, aunque sea preliminarmente, que la tarea para completar esa obra, iniciada por la Raza Inmortal y continuada por Manolo y sus seguidores, implica un ejercicio que ayude a identificar a quienes realmente estén “enamorados de un puro ideal”.

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